{"id":1110,"date":"2012-03-15T19:20:00","date_gmt":"2012-03-15T19:20:00","guid":{"rendered":"https:\/\/cms.letraweb.org\/la-llegada-del-angeloi\/"},"modified":"2023-04-12T18:51:20","modified_gmt":"2023-04-12T18:51:20","slug":"la-llegada-del-angeloi","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/cms.letraweb.org\/en\/la-llegada-del-angeloi\/","title":{"rendered":"LA LLEGADA DEL ANGELOI"},"content":{"rendered":"
El adi\u00f3s es un gesto dif\u00edcil, sobre todo si implica despedida, distancia, p\u00e9rdida. Hay adioses temporales, pero tambi\u00e9n definitivos; y, en casi todos, sobre todo cuando no queremos o no estamos preparados para decirlo, siempre nos queda la honda sensaci\u00f3n de una amarga tristeza. <\/span><\/i><\/div>\n
Hoy quiero compartir con ustedes esta breve historia sobre esas despedidas que pueden marcar la vida para siempre.<\/span><\/i><\/div>\n
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\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Es una casita anclada en una de las callejas que desembocan en la avenida principal del puerto. Todo en ella es antiguo. A\u00fan as\u00ed, sus vitrales conservan la magia de trocear la luz y proyectarla sobre el ajedrezado suelo, en una gama de colores invictos. Su fenotipo es de tr\u00f3pico, alg\u00fan que otro hurac\u00e1n le ha borrado contornos que para muchos ser\u00edan necesarios; pero a m\u00ed no me importa, lo esencial es invisible a los ojos, y lleva ra\u00edces tan firmes que nunca le faltar\u00e1 al paisaje.
\nEste es mi universo. Podr\u00eda decirse, que nos habitamos mutuamente. Dentro estoy yo, despidiendo al hombre que se va. A\u00fan nadie me ense\u00f1a a decir adi\u00f3s. Luego lo ensayar\u00e9 muchas veces frente al espejo, pero no aprender\u00e9. Es un gesto dif\u00edcil. Nunca me saldr\u00e1 por mucho que lo intente, ahora lo s\u00e9, como tambi\u00e9n s\u00e9 que tampoco se me dar\u00e1 el olvido. Pasar\u00e1n lustros de a dos, tres\u2026 y siempre habitar\u00e9 el instante del hombre que se marcha, por el tiempo en que se abren las flores de pascuas, las luces de la bombiller\u00eda queman y brilla el asfalto mordido por el salitre. Lo veo inclinarse para besar mi frente, despeina mis cabellos y pellizca mi nariz; en tanto yo, revoltosa, surco su entrepierna de lado a lado, fluyo ligera, una y otra vez. Si suena el ca\u00f1onazo de las nueve, a los quince minutos, se habr\u00e1 ido. Antes me cargar\u00e1 en sus brazos y, entre mimos y sonrisas, caminar\u00e1 hasta la puerta. Un puchero entonces, nacido desde el fondo del instinto, me har\u00e1 abrazarlo fuerte como temiendo no s\u00e9 qu\u00e9. Para intentar borrarlo me dir\u00e1 al o\u00eddo: \u00abMi ni\u00f1a valiente. Cuando el Angeloi llegue, estar\u00e9 de regreso\u00bb.<\/i> Tal susurro subrayar\u00e1 la importancia del no reclamo, del silencio. Me ir\u00e9 desprendiendo poco a poco hasta soltar su cuello y, disciplinada, lo dejar\u00e9 bajarme, no sin antes prenderme, suave, mientras me deslizo, de los botones verdes de su camisa. Uno de ellos caer\u00e1 y habitar\u00e1 en mi mano, para siempre.
\nY quedar\u00e9 all\u00ed, en el umbral, inm\u00f3vil, sin decir adi\u00f3s pero dici\u00e9ndolo. Se alejar\u00e1 unos pasos y sus ojos inmensos dejar\u00e1n su mirada dentro de la m\u00eda, clavada en lo m\u00e1s hondo. A ciencia cierta, nunca sabr\u00e9 qui\u00e9n es el Angeloi; pero alguna raz\u00f3n me har\u00e1 esperarlo durante trescientos sesenta y cinco d\u00edas, cada a\u00f1o.<\/span><\/div>\n
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Martha Jacqueline Iglesias Herrera<\/div>\n
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El adi\u00f3s es un gesto dif\u00edcil, sobre todo si implica despedida, distancia, p\u00e9rdida. Hay adioses temporales, pero tambi\u00e9n definitivos; y, en casi todos, sobre todo cuando no queremos o no estamos preparados para decirlo, siempre nos queda la honda sensaci\u00f3n de una amarga tristeza. Hoy quiero compartir con ustedes esta breve historia sobre esas despedidas<\/p>\n